Orígenes: los pensadores romanos y los primitivos cristianos

Orígenes: los pensadores romanos y los primitivos cristianos

Pablo Coto Millán. Artículo sobre las consecuencias para la historia de la humanidad de la predestinación de los romanos y el libre albedrío de los primitivos cristianos

Pablo Coto Millán. Director del Master de Comercio, Transportes y Comunicaciones Internacionales (Master TRANSCOM) de la Universidad de Cantabria.

Resumen

La civilización griega se extinguió dando paso a la romana. Roma sustituyó a Grecia en el pensamiento del mundo occidental. El desarrollo del Imperio de Roma fue principalmente militar y jurídico. No hubo una aportación al análisis económico de los romanos. A los primitivos cristianos los temas económicos no les interesaron y los rechazaron. Las cuestiones económicas para los cristianos eran demasiado mundanas como para pensar y reflexionar sobre ellas. Sin embargo, los primitivos cristianos creían en el “libre albedrío” a diferencia de los griegos y romanos que eran paganos y creían en “la predestinación”. ¿Estas diferencias tendrán consecuencias en la historia de la humanidad?

Antecedentes griegos

Aunque Platón, Protágoras y Aristóteles no consideraban acumular riqueza como algo natural, la economía de los griegos fue creciendo conforme aumentaba el comercio por el Mediterráneo. Los filósofos predicaban contra el exceso de comercio y contra los prestamistas. Al mismo tiempo los comerciantes griegos cada vez prosperaron más comerciando con aceitunas, aceite de oliva, grano, telas, y realizando préstamos. Los griegos fabricaron unas monedas ovaladas de electrón (una mezcla de oro y plata) metal con equivalencias de valor metalista. En Grecia tales monedas eran acuñadas por diferentes casas oficiales de moneda (las cecas). Normalmente una por ciudad. Las monedas llevaban una parte lisa sin inscripción, otra con la figura de un animal y una señal de punzón que identificaba a la casa que las fabricaba. Fue Alejandro el Magno, discípulo de Aristóteles, quien introdujo en Grecia un autorretrato en las monedas. Los préstamos y el cobro de intereses fueron habituales para las aventuras griegas en el comercio marítimo y terrestre. Las rutas mediterráneas se fueron expandiendo cada día más. Con un discípulo aventajado de Aristóteles, Alejandro Magno, tales rutas se expandirían hasta la India, conquistando y creando un imperio nuevo en donde el comercio florecería y comunicaría a pueblos muy diversos. La civilización griega llegaría merced a la extensión de su comercio a influir de un modo decisivo en el pensamiento occidental.

La civilización griega después de alcanzar una gran prosperidad con la conquista de nuevos territorios se extinguió cuando dejaron de expandirse y de obtener un botín de guerra con el que financiar sus gastos, dando paso a la romana.

Los romanos

Roma sustituyó a Grecia en el pensamiento del mundo occidental. El desarrollo del Imperio de Roma fue principalmente militar y jurídico. Ambos asuntos resultaban de mayor interés para los romanos. Uno puede pensar que un Imperio como el romano necesitaría de expertos en finanzas, en comercio y relaciones internacionales, en cómo administrar las colonias e incluso en cómo planificar la economía. En el sentido práctico estas profesiones fueron introducidas. Sin embargo, los romanos no desarrollaron más que los griegos el aparato analítico de la Economía. Lo mismo se puede decir del arte y de la filosofía. En estas materias se alimentaban de la tradición griega. Pocos tenían interés por las cuestiones relativas al análisis económico, sí se preocuparon en cambio por las cuestiones prácticas respecto al comercio, los contratos, la moneda y los préstamos. Sólo la aristocracia política y militar prestaba alguna atención al desarrollo intelectual de la filosofía y las artes, pero por mera distracción más que con interés en profundizar en tales materias.

A los romanos les interesaba el Imperio y la política a desarrollar para controlar tal Imperio. El gran logro de la civilización romana es el Derecho. El Derecho Romano que llega con su tradición hasta nuestros días constituye la gran aportación de los romanos a la cultura occidental. Un derecho para las relaciones entre ciudadanos, el “jus civile” y un derecho para los no ciudadanos o para las relaciones entre ciudadanos y no ciudadanos, el “jus gentium”.

En el Derecho Romano se establecen los límites de los contratos, la asignación de las propiedades privadas y se proporciona un marco legal para el comercio y las transacciones. En el Código Justiniano aparece la concepción que tenían los romanos del valor:

“Los precios de las cosas no se establecen según el capricho o la utilidad de los individuos sino de acuerdo con la valoración. Un hombre que tiene un hijo por el que pagaría un rescate muy elevado, no es más rico por esa cuantía; ni lo es aquel que posee el hijo de otro hombre por la suma por la que se podría vender a su padre; ni tampoco debe esperar esa suma al venderlo. En las presentes circunstancias se le valora un hombre, y no como el hijo de alguien…Sin embargo, el tiempo y el lugar introducen modificaciones en el precio. El aceite no tendrá el mismo valor en Roma que en España, ni tampoco será valorado lo mismos en épocas de prolongada esterilidad que en periodos de abundante cosecha.” (En Corpus Iuris Civilis, citado en Ekelund y Hebert (2008), pp. 26, que a su vez lo toma de la cita de Dempsey (1935), pp. 473).

La interpretación de la teoría del valor en este Código Justiniano es ambivalente. Es subjetiva al considerar el valor en función de la insatisfacción o infelicidad que le provoca a un padre la privación de su hijo. Sin embargo, trata de ser objetiva al entender que a tal hijo ha de valorarse como a un hombre más en el mercado de esclavos. Admite, también, una interpretación objetiva al considerar las modificaciones del valor debidas al tiempo y al lugar. El caso del aceite refleja el valor en función del lugar y de la escasez. Se valora más lo que es más escaso que lo abundante. Por ello, no puede hablarse de una teoría del valor propiamente dicha como en el caso de Protágoras y Aristóteles.

En Roma las monedas eran acuñadas en casas oficiales de moneda (las cecas). No sólo en Roma y en Cartago, también en España disponían de diferentes cecas en Elche, Carmona, Játiva y Coria del Río. No obstante, solo Roma podía acuñar monedas con metales preciosos, con alguna excepción para la plata en las provincias orientales. Roma impedía además que se utilizara otro sistema distinto al romano para los pesos y medidas en sus provincias. La moneda romana representó una gran dinamización de los intercambios y del comercio. Aunque existía alguna casa de cambio se aceptaban las monedas antiguas y de otros países utilizando equivalencias de cambio en el valor del metal de cada moneda. Los préstamos y el cobro de unos intereses de aproximadamente el diez por ciento anual fueron habituales para los romanos. Incluso tenían una especie de hipoteca para los barcos que les permitía obtener un préstamo con la garantía del propio barco. Desarrollaron muchas figuras contractuales en torno a los préstamos y las garantías correspondientes. Si el prestatario no pagaba el prestamista podía apropiarse de sus bienes e incluso tomarlo como esclavo. El comercio era libre. Ya desde el siglo I a. C. en Roma, competían los pequeños campesinos entre sí y con los grandes terratenientes en los mercados de los productos agrícolas tanto interiores como exteriores. A las provincias y otros países les exportaban principalmente aceite y vino.

La figura del arrendamiento de tierras a otros ciudadanos o al Estado se fue generalizando por los romanos al mismo tiempo que promovieron el uso de molinos de agua y de viento, de prensas de aceite más modernas, de la utilización de abonos y de mejoras en los sistemas de regadío.

Los impuestos en la época de Roma proliferaron de una forma espectacular. Había impuestos por vivir en Roma, por perder juicios, por utilizar terrenos públicos como pasto para el ganado y por arrendar tierras públicas para el cultivo. Sin embargo, quienes más pagaban eran las provincias con dos impuestos principales el impuesto territorial (Tributum Soldi) y el impuesto per cápita (Tributum Capitis). Todos los propietarios de bienes raíces (ya fueran romanos o no) habían de pagar el impuesto en proporción al valor de la propiedad.  Había impuestos directos como el impuesto per cápita que había de ser pagado solo por los provincianos, ya que los ciudadanos romanos estaban exentos. Además, para los provincianos había todo un rosario de impuestos indirectos, por ejemplo, impuestos por transporte de grano, impuestos por liberación y venta de esclavos, derechos de aduana. Estos impuestos indirectos eran recaudados por compañías o empresas privadas de “publicanos”.

Por otro lado, las ciudades también se quedaban con una parte de los impuestos recaudados para Roma con la justificación de financiar sus propios gastos. De nuevo aquí se contrataban a las compañías privadas para que realizaran la recaudación. Había un sistema de adjudicación en pública subasta para los servicios recaudatorios a realizar por las empresas privadas de “publicanos”.  Al parecer los “publicanos” abusaron de su posición recaudatoria y también algunos gobernadores de provincias. La razón es que una gran parte de los gobernadores eran senadores y por ello no tenían que rendir cuentas a nadie de su gestión, a no ser que fueran denunciados por alguien y tuvieran que explicar sus actuaciones en los tribunales. Como los senadores tenían mucho poder raramente se les denunciaba a los tribunales.

Los impuestos se empleaban principalmente en financiar obras públicas y en pagar a las legiones romanas. No había gastos sociales de ningún tipo. También se obligaba a los campesinos a alojar y alimentar a las legiones romanas a su paso. Si Roma necesitaba más ingresos se recurría a la guerra y a la invasión de alguna región nueva. Se obtenía de este modo un buen botín con el que financiar los gastos del Imperio. Cuando el Imperio romano dejó de conquistar y pasó a estar a la defensiva de los pueblos bárbaros, los ingresos extraordinarios no fueron posibles y entró en bancarrota.  La crisis fiscal derivó en una crisis económica y política que debilitó fuertemente los cimientos del Imperio romano. Probablemente esté aquí una de las principales causas de la caída del Imperio Romano.

Los romanos tenían unos intereses económicos debido esencialmente a su estructura social. La forma de prosperar era acercarse a la aristocracia política y militar que constituían el poder dominante. Esta aristocracia despreciaba las actividades de los comerciantes, artesanos, campesinos y esclavos. Para medrar mejor incluso algún ciudadano libre se ofrecía como esclavo a un aristócrata con la esperanza de ganarse sus favores y que le hiciera prosperar.

Evidentemente a los romanos no les interesaban las cuestiones, para ellos mundanas, como los inventos. Un ejemplo es la historia que cuentan de un hombre que inventó un cristal muy robusto, prácticamente irrompible. El inventor vivía en la antigua Roma de Tiberio y decidió presentar a su gobernante su invento. Tiberio le preguntó al inventor si alguien más conocía la fórmula para fabricar el maravilloso cristal. El inventor respondió que nadie más que él mismo conocía la fórmula. Tiberio, una vez recibida la respuesta, lo mandó decapitar. Al parecer el argumento de Tiberio para matar al inventor y olvidarse de aquel preciado cristal fue: “… para que no se reduzca el valor del oro al valor del barro”. A Tiberio le interesaba más mantener el valor de la moneda que los inventos e innovaciones que podrían hacer peligrar el oro como medio de cambio y con ello las arcas del Imperio.

El pensamiento económico de los romanos está únicamente en lo que se transmite en el cuerpo jurídico. En definitiva, la justicia es el aparato intelectual en el que reside todo lo económico, aunque se debe decir que no hay análisis económico propiamente dicho, ni ninguna otra contribución destacable.

Como pueblo pagano, tomaron las deidades griegas adaptándolas a su idiosincrasia y creían en la predestinación. Al creer en “la predestinación” no creían en el “libre albedrío”, por ello no debían de ganarse el cielo con sus acciones y podían acumular riquezas y cobrar intereses por los préstamos que otorgaban. Aunque existía un Derecho Natural no era impedimento pues todo era juzgado por otros hombres.

Los primitivos cristianos

El pensamiento económico de los primitivos cristianos era diferente. Acumular riquezas en esta vida no era importante para ganarse el cielo. En los textos sagrados de la Biblia se señala que los cristianos deben vender sus posesiones y regalarlas a los pobres. También que deben prestar dinero, pero sin esperar nada a cambio. No solo no cobrar intereses sino incluso no esperar la devolución del préstamo. Incluso las riquezas constituían un claro signo de pecado y el reino de los cielos estaba vetado a las personas con prosperidad económica. Los escritos de San Ambrosio (339 – 397 d. C.) van en ese sentido.

Existen indicios de una teoría subjetiva del valor en San Agustín (354- 430 d. C.) así señala:

“Cada cosa recibe un valor diferente proporcionado a su uso…un caballo resulta con mucha frecuencia más caro que un esclavo o una joya más preciosa que una sirvienta. Puesto que cada hombre tiene el poder de formar su mente como desee, hay poco acuerdo ante la elección de un hombre que tiene verdadera necesidad de un objeto y del que ansía su posesión solamente por placer” (citado en Ekelund y Hebert (2008), pp. 26, que a su vez lo toma de la cita de Dempsey (1935), pp. 475).

Para San Agustín, a la luz del párrafo anterior, el valor es subjetivo de cada individuo y lo que para uno puede resultar muy valioso para otro puede no serlo. A San Agustín, inspirado en los antiguos griegos, le interesaba también la ciudad-Estado como unidad de gobierno. La Ciudad de Dios de San Agustín era un ideal regido por leyes divinas y humanas. La riqueza era un regalo de Dios que debía ser repartida y a la que no se debía tener apego. Se podían tener posesiones y realizar actividades económicas con moderación, pues el mundo era imperfecto y requería vivir con lo necesario, fruto del trabajo y del esfuerzo. El dinero para San Agustín era un medio para llevar una vida buena y dedicada a Dios.

A los primitivos cristianos los temas económicos no les interesaron y los rechazaron. Los temas económicos eran demasiado mundanos como para pensar y reflexionar sobre ellos. Les interesaba principalmente la moralidad y no encontraron un enlace entre la moralidad y la Economía satisfactorio. Por ello no analizaron las cuestiones económicas con profundidad (Schumpeter (2012)).

Los cristianos convivieron en el tiempo con los romanos con dos interpretaciones del mundo diferentes. Los primeros invitaban con su proselitismo a la renuncia de los bienes materiales, a las riquezas y al recogimiento en una vida sencilla. Los segundos, en cambio, se expandían por el mundo, construían ciudades, baños públicos, viaductos, calzadas y hacían florecer el comercio. Para los primitivos cristianos no era concebible prestar dinero y cobrar intereses. Los cristianos, como los antiguos griegos, debían prestar dinero, pero no cobrar intereses. En cambio, los romanos tenían regulados los contratos de préstamos y solían cobrar un diez por ciento anual de intereses sobre el capital prestado.

En el año 476 muere el último emperador romano, el Imperio fue invadido por los bárbaros y el comercio colapsó durante siglos. Gran parte de los puentes, calzadas, edificios y obras de ingeniería fueron desapareciendo, y con ellos el tejido económico que unía con comercio a los diferentes pueblos.

Reflexiones finales

La práctica de otorgar préstamos, del cobro de intereses, del comercio, el desarrollo de un sistema monetario metalista y la creencia en “la predestinación” de los pueblos griegos y de los romanos les llevó a largos periodos de prosperidad económica expandiéndose por el mundo. Cuando estos pueblos dejaron de extenderse y crecer se inició la decadencia económica y política. El primitivo cristianismo, que condenó la práctica de los prestamistas del cobro de intereses, el comercio con intercambio superior al estrictamente necesario, no pudo frenar la actividad comercial, la acumulación de capitales y el cobro de intereses por los préstamos por parte de los romanos. Tampoco pudo ser un freno la creencia en el “libre albedrío”, que apostaba por la resignación a una vida de sencillez y renuncia. Del mismo modo que los filósofos griegos más importantes no pudieron frenar a los comerciantes en la antigua Grecia, ni el cobro de intereses por los préstamos con sus planteamientos desde mundo de las ideas.

Referencias

Ekelund, R.B. y Hebert, R.F. (2008): Historia de la Teoría Económica y de su Método. Ariel.

Dempsey, B. W. (1953): “Just Price in a Functional Economy”. American Economic Review, vol. 35, sept., pp. 471-486.

Schumpeter, J. A. (2012): Historia del Análisis Económico. Ariel. Economía.

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