Bienestar, eficiencia y equidad

Bienestar, eficiencia y equidad

Pablo Coto Millán. Artículo sobre el bienestar de la sociedad, la eficiencia y la equidad económica

Pablo Coto Millán. Director del Master de Comercio, Transportes y Comunicaciones Internacionales (Master TRANSCOM) de la Universidad de Cantabria.

Resumen

En este artículo defenderé que el bienestar, la equidad, y la eficiencia pueden y deben actuar en la misma dirección positiva. En teoría se puede adoptar el mercado como mecanismo efectivo para autorregular la economía, a fin de lograr un equilibrio competitivo eficiente. Sin embargo, dado que el equilibrio competitivo no existe en el mundo real, se puede estimar que es conveniente realizar intervenciones desde el Estado que permitan corregir los fallos de mercado, erradicar la pobreza y mejorar el bienestar de sus ciudadanos.

Eficiencia

Una asignación es eficiente en el sentido de Pareto si no es posible realizar ningún intercambio mutuamente ventajoso. De este modo, el óptimo de Pareto se define como una situación en que no se puede aumentar el bienestar de un individuo sin disminuir el de otro. Esto es, en una sociedad en la que hubiera solo dos individuos A y B, no es posible mejorar el bienestar del individuo A sin perjudicar al individuo B y viceversa.

Bienestar

Teorema 1 de la Economía del Bienestar: El intercambio en un mercado competitivo conduce a un óptimo de Pareto.

En equilibrio competitivo, ningún consumidor puede mejorar su nivel de bienestar sin afectar negativamente al de los demás. El anterior teorema demuestra cómo funciona lo que Adam Smith denominó “la mano invisible” e implica la eficiencia del equilibrio general competitivo. En definitiva, el primer teorema es generalmente considerado como la confirmación analítica de la hipótesis de “la mano invisible”. En otras palabras, la confirmación de que los mercados competitivos llevan a una asignación eficiente de los recursos económicos. El equilibrio general competitivo fue formulado por Walras en sus Elementos de Economía Política pura en 1874. Posteriormente, Pareto, discípulo de Walras y sucesor de su cátedra en la Universidad de Lausanne, introdujo la noción de eficiencia que lleva su nombre. Fue demostrado gráficamente por Lerner (1951) utilizando la caja de Edgeworth y demostrado matemáticamente por diferentes autores entre los que destacan Lange, Hotelling, Allais, Arrow y Debreu. El teorema apoya la no intervención estatal en asuntos económicos: “déjese que el mercado opere libremente y el resultado será eficiente en términos de Pareto”. Este primer teorema solo se refiere a eficiencia, no se refiere a equidad. En cierto modo, separa la eficiencia de la equidad. El equilibro general competitivo garantiza solo la eficiencia, sin intervención, pero nada se garantiza con respecto a la equidad (justicia distributiva de la asignación). De ahí el interés que presenta el siguiente segundo teorema.

Teorema 2 de la Economía del Bienestar: El equilibrio general competitivo puede alcanzarse independientemente de cuál sea la dotación inicial de los individuos.

Este segundo teorema establece que, del conjunto de los posibles equilibrios eficientes en el sentido de Pareto, se puede lograr un equilibrio particular a través de alterar las condiciones iniciales y posteriormente dejando que el mercado actúe competitivamente. Es decir, que se puede “elegir” un equilibrio eficiente a través de la asignación de unas dotaciones determinadas iniciales a los individuos de un Estado. Esto quiere decir que si se distribuyen todas las dotaciones iniciales de bienes igualitariamente entre todos los individuos de una población (o cualquier otra distribución deseada por la sociedad), tal distribución conducirá a un óptimo de Pareto si dejamos actuar al mercado competitivo. Además, si se asume que se está en una situación de competencia perfecta, esa distribución será estable y tenderá a perpetuarse en el futuro.

Esto sugiere que la intervención del Estado tiene un papel legítimo en política económica y la redistribución nos puede ayudar a implementar, seleccionando entre todos esos posibles resultados óptimos de Pareto, aquel que tenga las características deseadas, no solo de acuerdo con criterios externos, de tipo ético y político, sino de racionalidad económica y bienestar social.

Equidad y pobreza

Es necesaria una propuesta de distribución que elimine la pobreza en sentido absoluto. Definiré a la pobreza absoluta como la carencia de determinados bienes materiales que garanticen un cierto nivel de bienestar. La equidad suele medirse con algún índice de desigualdad respecto a un conjunto de población determinada.  Esto quiere decir que los índices de desigualdad miden la pobreza relativa. También quiere decir que si existe pobreza absoluta existe desigualdad. No obstante, puede existir desigualdad y sólo pobreza relativa y no absoluta. Por eso la propuesta que realizo aquí es erradicar la pobreza absoluta. Esta propuesta tiene la ventaja adicional que supera el problema del conocimiento requerido para efectuar otras propuestas de redistribución. Las propuestas que requieren la intervención continuada del Estado en la economía, exigen que el gobierno o el organismo de distribución posea un conocimiento muy exacto de las preferencias de los consumidores y de las funciones de producción de las empresas para poder elegir los mecanismos de intervención adecuados. Una redistribución que cubra al menos la corrección de la pobreza absoluta evita ese problema.

Sin embargo, no es tan obvio como un Estado en el mundo real puede efectuar tal redistribución. Si es conocido que los impuestos directos son más eficientes que los indirectos. Los primeros afectan a las dotaciones iniciales de los individuos, mientras que los segundos distorsionan los precios y los alejan de los precios competitivos. Los impuestos indirectos tienen, además, efectos distorsionantes, pues alteran las retribuciones de los factores de producción.

Existen propuestas que tienen una cierta atracción para el conjunto de la sociedad. Así, por ejemplo, si las políticas redistributivas realmente incrementan la producción, a través de un incremento en la demanda, el incremento en las ganancias que resulten de un proceso redistributivo pueden ser visto como la compensación necesaria por la demanda en los ingresos (impuestos) que la redistribución requiere. Este resultado se puede interpretar, como que sería posible obtener un equilibrio deseable de distribución de recursos económicos a partir, simplemente, de una redistribución original de tales recursos, sin necesidad posterior de recurrir a “ajustes” continuos y repetitivos por parte del organismo interventor del Estado. Así, un resultado óptimo de Pareto puede ser conseguido como un equilibrio competitivo a través de transferencias de dinero (“lump sum”). De este modo, si no nos gusta el óptimo de Pareto particular que resulte, realizamos transferencias que den mejores resultados sociales, con algún criterio de bienestar social, por ejemplo, el de erradicar la pobreza absoluta.

Críticas

La primera crítica surge al considerar que el primer teorema depende, para obtener el equilibrio eficiente de Pareto, de las condiciones o supuestos ideales de competencia perfecta. Sin embargo, tales condiciones o supuestos no existen en el mundo real. En la mayoría de las situaciones de la economía del mundo real, las desviaciones de las condiciones ideales de competencia perfecta son un hecho que ha de ser tenido en cuenta.

Por otro lado, existen muchas críticas a la definición de óptimo de Pareto. Al fin y al cabo, no es ni una definición precisa de “eficiencia” ​ni tampoco equitativamente deseable. Un óptimo de Pareto, como se ha dicho anteriormente, solo indica una situación en la cual no se puede mejorar la situación de alguien sin hacer que algún otro sea peor. Así, pudiera darse el caso en que el 1% de individuos posea el 99% de los recursos y el 99% de la población restante posea el otro 1%. Tal situación, absolutamente esperpéntica desde todo punto de vista, sin embargo, sería un óptimo de Pareto, ya que no se puede mejorar la situación del 99% sin reducir la del 1%. Del mismo modo se podría obtener un equilibrio eficiente en el sentido de óptimo de Pareto cuando cada individuo de una sociedad tenga exactamente los mismos recursos que cualquier otro. Habría, además, muchas otras posibilidades intermedias entre estas dos situaciones que serían también óptimo de Pareto. Esto implica que el criterio de óptimo de Pareto es débil en relación a elegir propuestas concretas que maximicen el bienestar general.

En consecuencia, puede haber muchas situaciones que son eficientes en el sentido de Pareto sin que todas sean igualmente deseables o aceptables desde el punto de vista del conjunto de la sociedad.

Aún más, puede haber situaciones que no son óptimas de acuerdo con Pareto y en la que es preferible una propuesta redistributiva desde el punto de vista del conjunto de la sociedad. Por ejemplo, en una situación hipotética en la cual el 5% de la población poseyera el 95% de los recursos y el 95% restante de la población poseyera el 5% de los recursos. En casos como éste, medidas redistribuidas podrían ser vistas, en general, no sólo como equitativas, sino que podrían tener un efecto positivo en la economía en su conjunto, en la medida que un aumento en la demanda puede incrementar la producción.

Como consecuencia de lo anterior, Lerner (1951) sugirió una nueva aproximación, con su concepto de “eficiencia de distribución”, la cual se mide como el grado en que aquellos que necesitan los bienes y servicios, los reciben.

Lerner (1951) argumenta que cuanto mayor es la “eficiencia de distribución”, mayor es el bienestar general. Pero esa mejor distribución de bienes y servicios implica, a su vez, una mejor distribución de los medios de acceso a tales bienes y servicios en la sociedad. Así, si se supone una cantidad fija de ingreso a partir de impuestos, una función social de bienestar cóncava y funciones individuales de bienestar también de tipo cóncavo, entonces la maximización de la esperanza matemática del bienestar de la sociedad se alcanzaría solo cuando el ingreso se distribuyera de manera igualitaria. Una demostración sobre esta cuestión se puede encontrar en Sen (1979).

Como se puede ver en Coto Millán (2019) es posible fijar impuestos con los que se financie la implementación de políticas redistributivas que den lugar a incrementos de la demanda y de la producción. De este modo, el incremento de demanda (ganancia del consumidor) generado por la redistribución, puede ser un mecanismo compensador de las distorsiones que imponen los impuestos tanto a consumidores como a empresarios.

Propuesta de la erradicación de la pobreza absoluta

Pueden existir muchas propuestas, sin embargo, todas implican la necesidad no solo de criterios económicos para efectuar la redistribución, como el criterio de la erradicación de la pobreza absoluta, sino de mecanismos efectivos. Se puede adoptar el mercado como mecanismo efectivo en autorregular la economía a fin de lograr equilibrio competitivo eficiente. Sin embargo, dado que el equilibrio competitivo no existe en el mundo real, se puede estimar que es conveniente realizar intervenciones desde el Estado que permitan corregir los fallos de mercado, erradicar la pobreza absoluta y mejorar el bienestar de sus ciudadanos.

Referencias

Coto Millán, P. (2019): ¿Es cierto el dilema entre equidad y eficiencia? www.pablocoto.com

Lerner, A. (1951): Economía del Control. Fondo de Cultura Económica.

Sen, A.K.  (1979): Sobre la desigualdad económica. Editorial Crítica.

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